viernes, 16 de mayo de 2014

DEVORACIONES MUTUAS, Por Julieta Parra

DEVORACIONES MUTUAS

Cuento Erótico
Por 
Julieta Parra



Itatí, estaba lista para ser entregada a su futuro esposo. Ganado, tierras y canoas, pagarían el precio de su joven y agraciado cuerpo, su piel quemada por el sol, sus ojos profundamente negros, misteriosos y rasgados, su frondosa, infinita y oscura cabellera, toda ella era fuerte, hermosa y llena de vigor.

Era la única mujer y la menor de tres hermanos, habitaba con sus padres en una pequeña aldea perteneciente a la tribu de los guaraníes, una de las mas salvajes de América del sur, se caracterizaban por hacer del canibalismo el más elevado de sus rituales, se llevaba a cabo con el fin de trascender y de llegar a la “Tierra sin mal” lo que para ellos era un anhelado paraíso terrenal donde para entrar no era necesario morir, pensaban que en ese lugar los cultivos crecían solos, la carne, la leche y la miel eran abundantes, no habían enfermedades y no existía la muerte. Así que la antropofagia practicada casi siempre con los enemigos era uno de los pasos para alcanzar su dichoso paraíso. Era dominada y realizada exclusivamente por los hombres de la tribu, aquellos que ya hubiesen alcanzado cierto nivel de poder, de autoridad y limpieza de su espíritu.

La aparente delicadeza y feminidad de Itatí eran un distractor de sus reales e inesperadas capacidades salvajes, pues era diestra en la preparación de alimentos “vivos”, manipulando carnes, partiendo cuellos, arrancando extremidades y entrañas, despellejando y destazando cerdos. A su corta edad ya era experta cazadora, hábil y muy precisa en el manejo del arco y la flecha, las macanas y los afiladisimos cuchillos que ellos mismos hacían con dientes de piraña, destrezas con las que ayudaba a sus padres y hermanos en la difícil tarea de atrapar toda clase de mamíferos como carpinchos, tapires y jabalíes, reptiles de grandes proporciones como la boa y el temeroso caimán yacaré negro; Amaba ir de pesca con sus hermanos y podían llevar a su hogar una tarde cualquiera, manguruyúes, sábalos y surubíes hasta de dos metros de largo.

Itatí entonces gracias a la fortuna que le otorgaba su impresionante belleza había sido elegida como concubina principal de un poderoso rey guaraní llamado Tabaré.

Los sentimientos no eran tema de discusión en estas familias, así que a pesar de no estar enamorada de su futuro amo y esposo, por encima de su llanto y de sus suplicas, de su dolor visceral de tan solo imaginar que en pocas horas seria poseída de principio a fin por un desconocido, Itatí fue entregada por la fuerza, a rastras y a punta de golpes a manos de su padre y sus hermanos a Tabaré.

El rey Tabaré le esperaba en su primera noche con un banquete para nada frugal e indeseado, en donde ella saciaría irremediablemente el apetito desenfrenado y sexual de aquel extraño. Luego de la cena, Itatí seria despojada de su natural y virginal encanto. Sin embargo en la mente de la joven no había cabida para ese episodio, maquinaba en su cabeza alguna milagrosa salida de ultimo momento para poder escapar, correr lejos y recuperar su libertad. Fue así como decidió tenderle una trampa al rey Tabaré, como tantas veces en el bosque rayo sus estrategias para atrapar a sus presas.

Logro entonces persuadirlo para que la hiciera suya antes de la cena. Desnuda y adornada en su cabeza con flores de ceibo, comenzó a seducirlo percutiendo contra el suelo el takuapú, emitiendo un profundo, hermoso y enloquecedor sonido a los oídos de Tabaré, quien al verla y escucharla entro en un intenso éxtasis, sin darle tiempo para reaccionar, se abalanzo a besarle de manera inclemente, la boca, el mentón, las manos, la espalda y hasta la sombra; lamiendo sus senos, su vientre, la extensión de sus suaves, húmedos y delicados labios ocultos, mojando su espíritu, mordiendo su cuello, sus caderas y su virginal existencia, tomándola por el cabello, estrujando sus muslos, cabalgando sin descanso en su pubis y en su mente, penetrando en los rincones de su vulva y de su alma. El sudor de Itatí caía sobre su rostro y se deslizaba por entre sus firmes pechos y sus gemidos de dolor se mezclaban con los del placer infinito que experimentaba Tabaré, quien encontró su clímax al amanecer con un grito descomunal que traspaso el silencio ensordecedor de la selva.

Una vez satisfecho, el rey cayo agotado y en un profundo sueño. Era la ocasión perfecta que tenia la Joven para salir huyendo pues la guardia desprevenida y su esposo dormido eran las condiciones ideales para el escape perfecto. Pero un deseo infernal e inexplicable se apodero de Itatí en ese momento, no quería irse así nada mas, el cansancio físico jamas experimentado a través del sexo y de ¡ esa clase de sexo! en su primera vez, le habían despertado un apetito indescriptible por devorar carne. Cual animal salvaje y hambriento vio en su esposo dormido la presa ideal.

Ahí estaba la nueva Itatí, la depredadora, la victimaria despiadada, contemplando a su rey-jabalí mientras dormía. Sus papilas comenzaron a producir saliva en grandes cantidades, paseándose la lengua por las comisuras de los labios, sus manos cual si fueran patas delanteras y acomodadas en posición de ataque, su respiración entrecortada y ansiosa, parecían los rugidos de una pantera oca a punto de cazar y sus ojos negros y brillantes cada vez mas fijos como delgadas lineas indicaban que estaba dispuesta a saciar el hambre de principio a fin con quien supuestamente ya la había saciado de otro modo con ella.

Fue así como Itatí, la habilidosa cazadora, tomo su cuchillo “diente de piraña” que siempre llevaba con ella y arrojándose sobre Tabaré como indómita bestia, le atravesó el pecho, los tejidos, el corazón y la vida, arrancándole los labios, la lengua y el sueño, cortandole la garganta y sus últimos respiros, devorando sus piernas y sus entrañas, su cerebro y su existencia. Una vez de carne estuvo satisfecha, tuvo sed y bebió la sangre del rey, luego camino desnuda hasta donde aun seguía servida la cena, atraída por el aroma del dulce de calabacin. Mientras lo saboreaba pensaba para si misma que no le había disgustado del todo la experiencia con el rey Tabaré, ahora, su difunto esposo.


Itatí sin darse cuenta era la primera y única mujer guaraní que había practicado el canibalismo, dando un paso adelante para llegar pronto su paraíso, la “Tierra sin mal”.


Poema Erótico basado en el Cuento, ¨Devoraciones Mutuas¨

COSA DULCE, COSA SABROSA
Por
Julieta Parra


Como Aarón estoy hasta el cuello enterrada
No moriré a causa de esta gran hambruna
Dame tu cuerpo en comunión sagrada
Quiero tus partes de una en una…

Luego de los besos te arrancaré la boca
Enredada tu lengua en mi telaraña
La comeré con intensa furia loca
Como temida “viuda negra” y sus artimañas

Sujetaré tu dorso en posición orante
Mi fiel “mamboretá” contaré hasta tres…
Prácticas dudosas, hábitos nocturnos y algo escalofriantes
Devorarte por dentro, por fuera, al derecho, al revés…

Me pierdo, me envuelvo y me arropo con tu piel
Banquete de azúcar, anís y almíbar
Lasciva y pegajosa es como la miel
De sin igual textura a mi paladar…

Caníbal soy por ti y habito en la “tierra sin mal”
Donde ocurre la insurrección de mis sentidos
Antropófaga bestia tendrás que alimentar
Bocado a bocado mis deseos reprimidos…

Visceral e irracional sentimiento
Tragarte vivo, digerirte entero
Entrada de caricias de exagerado condimento
Mi plato fuerte impaciente espero…

No se si comenzar por los pies o la cabeza
Al fin y al cabo te quiero “todo”
Extenderte de punta a punta sobre mi mesa
Sin protocolo ni etiqueta te cenaré de todos modos

Concluyo este manjar de pasiones como “mantis religiosa”
Ansiosa voy por tu cuello, atravieso tu pecho y llego a tu ombligo
Me aproximo despacio por tus piernas sudorosas
Como al pan de cada día, te contemplo, te olfateo y te bendigo…

Tras la exquisitez de tu carne y la delicia de tus jugos no seré piadosa…
Voy ahora por mi postre…dame tu cosa dulce, cosa sabrosa!



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